Un brindis (con cava) por Marty
Por Doctor Rafael Rabadán AntaA finales del pasado mes de febrero la gran mayoría de los aficionados al cine –como creo que cualquier otra persona con sentido de la justicia y cierta cultura artística- experimentamos una reconfortante sensación al saber que, por fin, Martin Scorsese había conseguido el Oscar al Mejor Director. Ricardo Martínez publicó entonces una viñeta alegórica en el diario El Mundo en la cual entre nubes celestes y sentados en las típicas silletas de director de cine aparecían otros cuatro excepcionales realizadores que nunca fueron oscarizados, cuatro borrones en la historia de la estatuilla dorada: Hitchcock, Chaplin, Kubrick y Welles; este último, haciendo juego de palabras con uno de los títulos dirigidos por el recién premiado, comentaba ante la noticia: “¡Vaya, hombre! Pensaba que Scorsese iba a ser uno de los nuestros…”. No pudiendo considerarse Infiltrados una de sus mejores películas –sobre todo si se compara con obras maestras del tipo Taxi driver o Toro salvaje– al menos sirvió de excusa para el tan merecido como demorado homenaje de Hollywood a M.S., tras cuarenta años dirigiendo películas y 25 largometrajes en su haber. Es fácil compartir la reflexión que Carlos Boyero publicó en el medio citado: “Y te preguntas con pasmo e irritación cómo es posible que la gran familia de Hollywood, tan retorcida, frívola, ciega y envidiosa ella, no haya reconocido hasta ahora que el inmenso talento visual, la imaginación, el nervio y la inconfundible personalidad de Scorsese eran merecedoras de todos los Oscar desde que empezó a contar historias con una cámara, desde que marcó las señas de identidad de un universo hipnótico, violento, complejo, angustiado, personal hasta la extenuación.”
Como Lou Reed mediante sus poemas y Paul Auster con sus relatos, Scorsese ha sido a través de su cámara uno de los grandes bardos de Nueva York, un eximio cicerone para adentrarnos en la intrincada geografía y el alma elegante de la ciudad elegida para ambientar esta campaña de Freixenet. Películas como Malas calles, Taxi driver, New York, New York, La edad de la inocencia, Uno de los nuestros y Gangs of New York, entre otras, así lo acreditan. Pero al mismo tiempo Scorsese, italoamericano de tercera generación (como Pacino, Coppola, Brando, Stallone, Minnelli, Sinatra, Travolta o sus actores-fetiche Robert de Niro y Leonardo de Caprio), ha sabido imprimir un sutil carácter latino a gran parte de su producción, superando por vía de la catarsis artística el dilema que él mismo se planteaba en una entrevista publicada hace dos décadas: “Cuando uno se ha criado en el barrio neoyorquino de Little Italy, ¿qué se puede ser sino gánster o sacerdote?”. El interés por ambas vocaciones se hace patente a lo largo de su filmografía.
Repasar la fecunda producción de Scorsese supone reconocer la figura de un creador total, un extraordinario autor tanto por la originalidad estilístico-formal con que dirige como por la riqueza argumental de su obra y por la variedad de una galería de personajes que en conjunto podrían casi completar la ilustración práctica de un manual de psicología; sirva de ejemplo el profundo contraste entre las coordenadas geo-históricas y de género cinematográfico en que se sitúa La última tentación de Cristo y las que enmarcan Jo, qué noche o Casino.
Además, muchas de sus películas no terminan en los títulos de crédito; nos hacen reflexionar sobre lo que acabamos de ver, nos enganchan durante un tiempo indefinido, nos invitan a saborearlas en tragos pausados, evocando el cine-fórum… Como muestra de ello, no puedo evitar el recuerdo de los versículos con que concluye Toro salvaje, la cita evangélica que sirve de misterioso epílogo a su biografía del boxeador Jake la Motta, un pasaje sobre cuya enigmática inserción al final de la película he pedido opinión a varias amistades a lo largo de los años, un arcano que evidencia el alma compleja del hombre que se oculta –o se desnuda– tras la cámara de cine:
Los fariseos volvieron a llamar al hombre que había sido ciego y le dijeron: “Sabemos que el hombre que dices que te curó es un pecador”. Y él les contestó: “Yo no sé si es pecador; sólo sé que antes era ciego y que ahora veo” (Juan 9, 24-26).
Mi más sincera enhorabuena a Freixenet por haber logrado la colaboración de este realizador genial. Asumo y reconozco mi envidia hacia el equipo de producción del próximo anuncio navideño de la casa por el lujo que supone poder compartir unos días –y además en NYC– junto a quien sus amigos llaman Marty y admiro tanto.
Doctor Rafael Rabadán Anta
Profesor de la Universidad de Murcia, Facultad de Sicología
Profesor de Criminología